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Prologo

Esta es la cruel y despiadada historia de las muertes de mis dos únicos y queridísimos hijos; José Antonio y Francisco Javier Pavón Vila. La historia de dos muchachos limpios de corazón y de mente. Buenísimos y cariñosos hijos, llenos de bondad, amabilidad y respeto hacia todo el mundo; y por ello queridos y apreciados por todos los que les conocían.

La historia de los recuerdos felices y entrañables de sus existencias, que llenaron plenamente de orgullo y felicidad mi vida. Nunca podrá haber unos hijos mejores como tales y como personas, que los míos. Solo podrán ser igualados. Y por ser cómo eran, por las profundas huellas que dejaron en sus cortas vidas de perfectos caballeros, no merecen que sus recuerdos queden el en olvido, sin más. Como tampoco deben quedar en el olvido, para su vergüenza y remordimiento (si es que pueden sentir algo de ello), los malnacidos seres deshumanizados y sin conciencia que me los mataron con solo 24 y 26 años de edad.

La historia de cómo y porqué lo hicieron, y de la impunidad total y absoluta de que gozaron para hacerlo. Porque sabían, (y saben) que siempre estarían amparados por la Administración y por la Justicia.

Por la Administración; porque los políticos y altos cargos de la Sanidad Pública que tuvieron responsabilidades directas en aquel consentido crimen sanitario (muchos de ellos aún en el poder y otros en cargos y puestos privilegiados) se prepararon su propia coartada, dictando decretos-leyes con fechas que los protegerían a ellos, y a todos los que cobardemente colaboraron con ellos, en esa gran masacre selectiva, blindándolos ante la Justicia.

Por la Justicia; porque los jueces se aferran a esas fechas para justificar sus decisiones de dejar sin castigo a quienes jugaron negligentemente con la salud y la vida de otros seres humanos. Y no se atreven a hacerlo por ser quienes son los denunciados. Igual que antes; en los tiempos de la Dictadura. Y sobretodo si tu denuncia es por la vía penal, ya que dictan sus autos de sobreseimiento, basándose únicamente en los informes que ellos presentan. Sin escucharnos a nosotros y sin practicar ninguna de las pruebas que les pedíamos. En definitiva, sin querer buscar (para no tener que usar) esas vueltas y contradicciones que toda ley tiene, como sí hacen en otros casos en los que sí les interesa. Por la vía civil (a la que ellos mismos recomiendan acudir), sí te dan la razón, y dinero para que calles. Dinero que pagamos todos los contribuyentes. Y mientras, esos malnacidos que mataron a mis hijos - y que para ellos son intocables - ni se enteran, siguiendo por ahí tan panchos.

Es también la historia de la gran odisea negativa pasada (y aún sin acabar), después de ver morir a mis hijos de una manera imposible de describir, por inhumana y aterradora. De como, después de pasar el trance más horrible que un ser humano puede pasar, tener que enterrar a un hijo un año, y otro al siguiente. De haber sido condenada a vivir una muerte en vida, una vida ya vacía y sin sentido (que no tuve el valor de quitarme), teniendo que dormir con pastillas por prescripción psiquiátrica, que no impiden que sufra terribles pesadillas, que me recuerdan constantemente el terrible sufrimiento de mis hijos. Un sufrimiento de más de cuatro años en un “pasillo de la muerte” horrible, sin saber cómo ni cuando les llegará ésta.

Y después de tantos otros después los que podría contar, me encuentro con otros seres que, si bien no matan físicamente, sí lo hacen moralmente, sin piedad alguna. Además de mi total decepción por la actuación judicial; gentes a los que se les solicitó ayuda para que nos entregasen los historiales clínicos de mis hijos, a los que tengo derecho a acceder y que los jueces no pedían. Gentes que están en esos cargos políticos y sociales (cobrando por ello) para, en teoría, ayudar a los ciudadanos, cosa que no hacen. Personas que engañan cruelmente fingiendo una ayuda que en realidad es para ellos mismos.

Y para colmo de mi decepción, y mayor amargura, he tenido que ir asimilando y entendiendo como normal; la deshumanidad existente en casi toda la sociedad. Y en concreto en esas personas que, al fin y al cabo, eran extrañas en mi vida. Lo que sí me está costando mucho más asimilar es como, poco a poco, he ido sufriendo esa misma falta de sensibilidad, y esa incomprensión de mi desesperación por mi desgracia incluso por parte de muchos de mis familiares más allegados. A pesar de que han vivido parte de mis desgracia, y de haber visto cómo murió mi segundo hijo.

Por suerte para ellos ya ha pasado el tiempo. Pero para mí... no.

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Cómo los infectaron y silenciaron

José Antonio y Francisco Javier nacieron hemofílicos. La hemofilia no es una enfermedad física. Es una anomalía sanguínea hereditaria; y se caracteriza por la dificultad en la coagulación de la sangre, lo cual motiva que quienes la padecen - sólo en episodios hemorrágicos - han de ponerse el plasma o factor de coagulación del que son deficitarios; para que su sangre coagule en el mismo tiempo que las demás personas. Y según sea el factor de coagulación del que son deficitarios son clasificados como A (los de factor 8) o como B (los de factor 9), y según el porcentaje de coagulación del que carezcan son clasificados como graves, moderados, o muy leves.

Mis hijos eran hemofílicos B moderados.

Cuando José Antonio (el mayor) tenía poco más de un año, supimos que era hemofílico. Y poco tiempo después que Francisco Javier también lo era. Cuando, debido a sus travesuras, se daban golpes o cortes, los llevaba al Hospital de Cádiz, y les ponían el plasma que necesitaban. A veces no lo tenían y les hacían volver.

En 1.976 (tenían 7 y 6 años) nos enteramos de que en el Hospital de La Paz en Madrid existía un Centro de Hemofilia, con médicos especializados, y los llevamos allí. Los acogieron muy bien, les hicieron una revisión completa corporal y de analíticas; y ellos y nosotros nos sentimos mucho más arropados y tranquilizados por el ambiente casi familiar que existía en las consultas, entre los hemofílicos (algunos ya mayores de 60 años), los familiares, y los propios hematólogos que los atendían. Algo que contrastaba - y mucho - con la frialdad y tirantez existentes en la consulta de hematología de Cádiz. Además, comprobamos que los hematólogos de Cádiz no sabían tratar profesionalmente (ni personalmente) a los hemofílicos. En La Paz les abrieron fichas para seguir llevándolos a revisiones anuales, y además nos daban factores concentrados para tenerlos en casa, porque a veces en Cádiz no los tenían. Y como les comenté que en Cádiz, en numerosas ocasiones tardaban en ponerles los factores dos y tres horas, haciéndoles perder horas de colegio (y a veces todo el día) les enseñaron a ponerselos ellos mismos Cosa que aprendieron enseguida. Así pudieron asistir a todas sus clases del colegio, sin otros problemas, como todos los demás chicos de su edad. Sacando además los dos, notas excelentes.

En 1.983 les enviaron de la Paz esta carta, firmada por el jefe de Hematología, José Martín Villar, y por el doctor Manuel Magallón Martínez que era quien los veía habitualmente en su consulta.

Si existía esa sospecha de “efectos secundarios” (que no era otra cosa que el virus VIH), ¿por qué en vez de decirles que llevasen el factor sobrante no dijeron mejor que no se lo pusieran? Porque lo del paso de fecha era una excusa, ya que no cumplían. Y la próxima revisión era cinco meses después. Cinco meses más que les dejaron ponerse factores “sospechosos”, envenenados.

Como decían; para informarme, los llamé enseguida. Y a mi pregunta preocupada, el Dr. Magallón Martínez me dijo que era: porque había aparecido alguna partida de factores con otros “efectos” no habituales. Que no pasara nada más, que no me preocupase. Y que lo de la devolución era porque, debido a ello, los laboratorios producían menos hemoderivados. Y se los pedían a quienes menos les hacían falta para tenerlos en previsión de casos más graves. Como tenía plena confianza en él, acepté como buena su explicación. Con reservas. Porque, ya en aquellas fechas, se hablaba en los medios de comunicación de la aparición del virus VIH (por lo del actor Rock Hudson) y los posibles modos de contagio. También se lo pregunté a los hematólogos de Cádiz. Y en particular al que habitualmente los veía en su consulta, el Dr. Francisco Suarez Gómez y me dijeron lo mismo. Que no pasaba nada, etc, etc. Incluso, el Jefe del Banco de Sangre, Carlos Alvarez, me dijo, empeñando además su palabra de honor (?), que en los laboratorios Grifols, donde él había estado trabajando, existía un control riguroso en la fabricación de hemoderivados. Que podían ponerselos con tranquilidad y sin ningún problema.

Continuaron con las revisiones anuales de La Paz, y como los veía tan bien físicamente, y no decían nada en las consultas, me creí ciertamente que no pasaba nada. Pero ya en los años cercanos a los 90, esa cordialidad y esa familiaridad que antes había en las consultas de La Paz se fueron transformando en fríos saludos. de miradas tristes y huidizas. Y también, y cada año, se iban viendo menos caras de las que conocimos al principio.

Y llegó abril de 1.991, y empezó el calvario. Francisco Javier comenzó a tener fiebres altas, y lo llevé a La Paz. Allí, el Dr. Ortega (Magallón no estaba ese día) le comunicó entonces su contagio de VIH, y que tenía que empezar ya el tratamiento con retrovirales. Nos dijo que también era conveniente decirselo a José Antonio, para que comenzara a tomar el tratamiento, y así evitar en él la aparición de la enfermedad. Cosa que no nos atrevimos a hacer, porque conociendo su carácter, sabíamos que nunca lo iba a asimilar. Como así sucedió cuando tres meses después se enteró en la consulta del Dr. Magallón. ¿Y quién puede asimilar algo así, y menos con 20 años? Desde entonces comenzó para Francisco Javier una vivencia de terribles padecimientos, imposibles de describir. Unos padecimientos, aumentados sicológicamente además; por el trato vejatorio que recibían en el Hospital Puerta del Mar de Cádiz los hemofílicos; cuando empezaban a desarrollar la enfermedad, por los mismos individuos que los habían contagiado y condenado a muerte. Ya que los hematólogos los rechazaban en sus consultas, mandándolos a la de Medicina Interna de Infecciosos. En esa consulta tenían que hacer cola para ser atendidos, con todos los grupos marginales del país, circulando incluso entre ellos, pastillas de drogas. Y hasta con policías nacionales en las puerta de la sala, que custodiaban a los presos infectados, que allí estaban hospitalizados. Una verdadera vergüenza. Vergüenza que ni la propia Asociación de Hemofilia provincial, regional, ni nacional (de la que hablaré más adelante) trataron nunca de evitarles pasar a los hemofílicos. A pesar de que se lo denuncié varias veces a sus respectivos presidentes.

Para no hacer pasar a mi Francisco Javier por tan bochornosa situación tuvimos que hacer enormes sacrificios económicos, desde tener que pedir préstamos personales, hasta empeñar en bastantes ocasiones las pocas joyas que poseía, para poder llevarlo a las consultas de La Paz. Porque al menos allí eran tratados en Hematología. Y lo tuvimos que hacer, porque la Seguridad Social, no quiso pagarnos ni los billetes del tren para llevarlo a Madrid. Viajes que a veces tuvo que realizar Francisco Javier, con fiebres cercanas a los 40º, por culpa de la xenofobia de los hematólogos de Cádiz, a los hemofílicos que ellos mismos habían contagiado.

Debido a la aparición de la enfermedad, tuvimos que realizar esos viajes mensualmente, porque debía ser controlada así. Y aunque José Antonio no la padecía, dijeron en La Paz que debía ir junto con su hermano para tenerlo también vigilado con analíticas. En esos cuatro años, Francisco Javier sufrió varios ingresos hospitalarios.

Y debido a la negligencia con que eran tratados ya todos los hemofílicos, en algunas ocasiones le pusieron factor 8 en vez de 9, del que era deficitario. Como en una fibrobroncospia que le hicieron, y que si hubiese sido hemofílico grave, podría haber muerto por hemorragia interna. Pero ya hubiesen dicho que era por otra causa. Tienen salidas para todo.

Después de cuatro años de terribles sufrimientos, ingresó por última vez en La Paz el 18 de julio de 1.994. Ingreso del que él mismo se vaticinó que no saldría. Los últimos seis o siete días los pasó con vómitos cada vez más negros y espesos. Y nos decían que era por una cardidiasis digestiva que tenía. Pero no dijeron que también lo habían contagiado de hepatitis C, dos años antes. Y de ahí esos vómitos, porque tenía el hígado destrozado. Como Javier nos decía que se quería venir a casa, se lo dijimos a los médicos, los cuales aconsejaron que era mejor no hacerlo, porque allí estaría mejor atendido, y que aún era posible que pudiera salir de ese trance.

El día anterior a su muerte, y al ver que no mejoraba en nada, sino al contrario, decidimos traerlo, y lo preparamos todo para la mañana siguiente. Pero ya no dio tiempo, porque entró en coma profundo, y dijeron los médicos que podía morir por el camino.

Francisco Javier falleció el 8 de agosto de 1994, con 24 años de edad, llevándose para “allá” todo el horror, y todo el sufrimiento imaginable de este puerco mundo. Un sufrimiento producido por una enfermedad que él no se había buscado, sino que se la habían endosado, unos seres perversos. Y que, por lo antisocial que era, tuvo que sufrir en silencio y escondido, como si fuese culpable de tenerla. Y además, morir en la más completa y triste soledad, a causa de ello. Solamente acompañado de su hermano y sus padres.

Cuando aún no habían transcurrido ni diez minutos de su muerte, con los tres aún aturdidos, llorando amargamente su pérdida, tuvimos que soportar el acoso constante de unos agentes funerarios que aparecieron de pronto, y que debían estar avisados por el personal sanitario para cobrar comisiones. Y que como aves de rapiña, y sin respetar esos primeros momentos, nos martilleaban el cerebro con sus ofertas a la baja, para el traslado de su cuerpo a Cádiz. Delirante.

José Antonio, sin embargo, solamente padeció de grandes crisis síquicas desde que se enteró de su contagio, y que colmaron su vaso al ver morir y enterrar a su hermano, y lo que a él debía esperarle. Fruto de su horror fue su primer ingreso en La Paz el 28-2-1995. Siete meses después de morir su hermano. Con sus facultades mentales totalmente perturbadas, debido al gran sufrimiento mental al que estuvo sometido. Y además casi inválido, ya que al parecer su cerebro se negaba darle órdenes a sus piernas y no se podía tener en pie por sí solo. Y así estuvo ya hasta que falleció. Siete meses, en los que tuvo que depender de nuestra ayuda para todo, cuando antes de morir su hermano daba gusto verlo, de lo fuerte y bien que estaba.

Empezó entonces a padecer físicamente porque le habían infectado de la Hepatitis C, y que como pasó con el otro contagio, también nos lo habían ocultado. Y él mismo lo demuestra en una carta que escribió nueve meses antes de morir, en la que ignorando su contagio del virus de la Hepatitis C, sólo hace referencia al VIH, y al deterioro interior que empezaba a sentir.

Después de llevarlo varias veces a consultas ambulatorias de La Paz y Cádiz, por fiebres y dolores en la zona abdominal, y últimamente con la piel amarillenta (de lo que nos decían que se debía a los medicamentos tan fuertes que tomaba, y por un gotero de ese color que le ponían); sufrió su segundo ingreso en julio del 95, en Cádiz. Según dijeron, por sinusitis y deterioro general.

Ya desde ese primer día demostraron la negligencia que seguían ejerciendo los hematólogos, cuando al tener que poner factor de coagulación, por un hematoma que le hicieron en el brazo al sacarle sangre para analizarla, descubrieron que ¡no lo tenían en todo el hospital! Y eso, que además de mi hijo; había también otros hemofílicos que lo podían haber necesitado por cualquier urgencia. Tuvo que ir mi marido a casa, y traer el que teníamos allí.

Tras otra revisión al mes siguiente en La Paz, le dieron cita para volver otra vez el 19 de septiembre. Cuando el día anterior íbamos a salir para Madrid, nos dijo que se ahogaba y no podía respirar. Lo llevamos a urgencias a Cádiz; le pusieron oxígeno y no mejoraba de su ahogo. Como yo ya tenía más experiencia de lo que podía estar pasándole, que los propios médicos de Cádiz, le dije al internista, que debía ponerle factor. Llamó al hematólogo de guardia, el cual en principio se negó a ello, porque decía que de esa noche no saldría. Como seguía con el ahogo a pesar oxígeno, tuvo que subir mi marido a Hematología y decirle que si eran ellos los que tenían que pagar los factores. Al poco rato se lo pusieron y horas después empezó a sentirse mejor. Y pasó de esa noche y de otras ocho más. Al día siguiente lo pasaron a sala en estado de coma, del que ya no salió. De lo que sí se recuperó totalmente fue de su ahogo, ya que siguieron poniéndole su factor, y hasta el médico de Medicina Interna que lo visitaba, se sorprendió de la limpieza de sus pulmones en la última radiografía que le hicieron. Y era porque cuando ingresó los tenía encharcados de sangre y de ahí su ahogo. Sangre que procedía de su hígado reventado a causa de la Hepatitis C; de la que nadie decía nada.

Pasó nueve días terribles, inconsciente pero quejándose continuamente del dolor que sentía cuando lo tenían que mover, porque su piel se llagaba por estar mucho tiempo en la misma posición. Perdió más de 20 kg. desde que empezó con los problemas. Un cuerpo que tenía delgado pero casi atlético de los ejercicios físicos que antes hacía, y del que al final, sólo sobresalía la hinchazón de su zona abdominal.

José Antonio falleció el 27 de septiembre de 1.995, con 26 años de edad. Según nos dijeron, por fallo multiorgánico. Más de un año después supimos lo del contagio de la Hepatitis C, y diez años más tarde, que su muerte fue por Insuficiencia Hepática. No podía ser por otra causa. Y si a Francisco Javier no se la hubiesen contagiado también, aún estarían vivos los dos.

Como ya comenté en lo de Francisco Javier, a partir de 1.991 empecé a llevarlo a revisiones mensuales a La Paz, junto a José Antonio para controles de evolución y de analíticas. El hematólogo que a partir de entonces los controlaba en su consulta fue Manuel Quintana Molina, que les mandaba hacer analíticas cada vez que iban (mensualmente, hasta sus fallecimientos).

A finales de 1996, me puse en contacto telefónico, con la madre de un hemofílico fallecido (era también su único hijo, Miguel Angel, otro gran muchacho) a la que conocí en las consultas de La Paz y con la que conservo una gran amistad. Me dijo que a su hijo también lo habían contagiado de Hepatitis C, y me preguntó que si mis hijos también lo estuvieron. Al contestarle yo, que no lo sabía; me dijo que se lo preguntase al Dr. Quintana. Así lo hice, y me confirmó que sí. Ciega de indignación, le reproché su falta de conciencia humana, por no haber puesto un poco de celo y haberles evitado ese segundo contagio. Intentó darme una serie de excusas incomprensibles e inaceptables, y le colgué llorando.

A raíz de ello, y al contactar con un grupo de afectados en Cádiz, empezamos con lo que yo denomino odisea en los Tribunales de “Justicia”. Odisea que aún no ha acabado.

En ese primer periodo de la odisea (1.999), y cuando me dieron lo que dicen que había de historiales clínicos, compruebo, con mayor indignación aún, que a Francisco Javier lo habían contagiado de Hepatitis C en 1.992, y a José Antonio en 1.994, cuando ya desde 1.989 había órdenes y medios para detectar y poder controlar ese virus. Una negligencia total y absolutamente criminal sin paliativos, por parte de quien tiene el deber deontológico de cuidar de la salud y la vida de sus pacientes.

Si El Dr. Quintana Molina, que desde 1.991 los consultaba mensualmente, y les mandaba hacer analíticas en cada una de esas consultas. Y las vería, ¿no? ¿Por qué no trató de evitarles ese otro contagio de otro virus también mortal? ¿Y por qué después de comprobar que ya había sido contagiado uno, no trató de evitar contagiar también al otro ¡dos años después!? Inaudito. Totalmente increíble ese comportamiento en profesionales de la medicina. Pero ahí están las pruebas, porque se les escapó, como digo antes, en lo que me dieron de historial en 1.999.

En abril de 1.993, el Sindicato Médico de Madrid (SMM) sacó a relucir un informe (tardío) explicando cómo se había producido el contagio masivo. Y lo hizo, por las “veladas” exculpaciones del Ministerio de Sanidad de aquellos años; que hacían recaer la culpabilidad, en las actuaciones médicas; "dañando" así su imagen. Una de las frases de este informe dice así: “Deleznable pasividad administrativa, porque desde 1.983 conocían los mecanismos de transmisión del VIH”. (refiriéndose a que no actuaron hasta 1.987). Diez años después se culpan unos a otros.

Si alguien de ese SMM lee esto, me gustaría preguntarle: ¿el contagio de mis hijos con la Hepatitis C es también achacable a la pasividad de la Administración? Porque ya en 1.989 los médicos tenían los medios para controlarla. Yo llevaba a mis hijos a las consultas hematológicas, no al despacho del Ministro, de nadie de la Administración, ni al del directivo de este o aquel laboratorio. Yo puse confiadamente sus vidas; en las manos de los médicos hematólogos. Ellos, tenían la potestad de contagiar o no, a sus pacientes; simplemente, mandando testar los factores de coagulación, y no poniéndolos sin haberlo exigido.

Si dicen ustedes que desde 1.983, la Administración sabía cómo se transmitía ese virus, ¿los hematólogos no lo sabían también? ¿y si es así, porque fueron tan cobardes y no le dijeron a esos políticos: “por ahí no paso; yo no les pongo más a mis pacientes, estos hemoderivados hasta que no estén testados” Esa debió ser su postura. Y no plegarse tan mansamente a las disposiciones de los políticos, y seguir contagiando y reifectándolos en silencio, por mandato.

Por dignidad profesional y por su obligación deontológica, y también por conciencia humana. Esa debió ser su postura. Cuántos sufrimientos y cuántas muertes hubiesen ahorrado así.

Con ello, no exculpo para nada a los políticos al cargo de la sanidad, ya que este caso de los contagios, (el más grave de todos) es uno más, de las muchas corrupciones habidas en aquellos gobiernos. Algunos políticos solo luchan por estar en el poder el mayor tiempo posible, para engordar sus bolsas con suculentos emolumentos. Luego se van con su buen retiro, y llegan luego otros que hacen lo mismo. Sin embargo, los médicos tienen una profesión que es para siempre, y su imagen deben cuidarla ustedes mismos, cuidando a su vez de sus pacientes.

He leído y escuchado decir muchas veces a médicos, que los hemofílicos eran un grupo de riesgo. ¡No señor! El riesgo de los hemofílicos, fue caer en manos del grupo de gente sin conciencia, que los contagiaron y mataron. Ese sí que era el grupo de riesgo. Muchas veces lo pienso; y una y otra vez me hago esta pregunta: ¿en qué clase de médicos (hematólogos) pusimos las vidas de mis hijos?

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Porqué los infectaron

Mis hijos fueron muertos como consecuencia de la mayor tragedia sanitaria ocurrida a finales del siglo pasado; en los hospitales de la Sanidad Pública Española. El envenenamiento casi masivo del colectivo hemofílico de este país con los virus del Sida (VIH) y luego de la Hepatitits C (VHC). Contagio que hasta 1.995 (año en que falleció mi segundo hijo) ya se había cobrado más de 1.600 víctimas. Entre ellos, mis dos únicos hijos. Contagios, que deberían ser perseguidos internacionalmente, como crimen de Genocidio o Lesa Humanidad. Esta gran masacre se pudo haber evitado, o al menos gran parte de ella, si hubiese existido menos egoísmo personal, más conciencia profesional y sobretodo humana, entre quienes tenían la responsabilidad, potestad y deber de hacerlo. Políticos y Dirigentes de la Sanidad Pública. Multinacionales farmacéuticas, y sobretodo, los médicos hematólogos que trataban a los hemofílicos en sus consultas, y que eran quienes les mandaban poner los hemoderivados sanguíneos, sabiendo que estaban o podían estar contaminados. Y que - por las pruebas acumuladas - lo hacían cobardemente y en silencio, faltando al deber de información a sus pacientes o familiares, negándoles la posibilidad de poder escoger, si ponerse o no, dichos productos. Y además ocultando después los contagios.

Esta falta de ética profesional la defienden los médicos, alegando que antes de 1.985 no existía ninguna normativa, ni medios, para detectar el virus. Mentira.

En todas las tragedias no naturales que ocurren en este deshumanizado mundo, está siempre presente la maldad y la ambición de los seres que las provocan. Ésta sucedió por el ansia de poder, y por querer conservar los puestos privilegiados adquiridos; unos. Por conseguir más y más ganancias económicas, sin importarles cómo; otros. Y por querer conservar sus malditos puestos de trabajo; y quizás por algo más, los demás. Y todos ellos, sin preocuparse lo más mínimo por el dolor, el sufrimiento y las muertes que producían con sus interesados egoísmos personales.

En un informe de la Dirección General de Salud Pública (Subdirección General de Vigilancia Epidemiológica) del 1 de julio de 1983 dice: “los primeros casos de V.I.H. fueron “detectados” en Estados Unidos, en la primavera de 1.981”. (Publicación del Sindicato Médico de Madrid - SMM - de 1-4-1.993). Si se detectó, es porque existía el test o marcador para hacerlo, sino ¿cómo lo pudieron detectar?

En 1.983, el entonces Ministro de Sanidad, Ernest Llunch mandó una comisión de expertos a E.E.U.U. para informarse sobre el virus VIH y sus formas de transmisión. Y no sólo se informaron, sino que trajeron el test necesario para saber los contagios que se habían producido en España. Al comprobar que casi el 50% de los hemofílicos estaban contagiados (y otras muchas personas por otras causas) acordaron silenciarlo. Existe el testimonio público de un jefe médico de que el Ministro lo ordenó así. Así evitarían un gran escandalo y alarma social, y tener que retirar y destruir y luego reemplazar más de 300.000 millones de ptas.; de productos sanguíneos comprados (y quizás con sus correspondientes comisiones) que tenían diseminados por los hospitales del país (artículo de Interviú). Lo mejor y más fácil para todos, callar. Y continuar poniéndoselos; sobre todo a quienes ya sabían que estaban contagiados, total... Hasta que calcularon acabarlos en 1.985. Entonces sacarían a relucir lo que ya tenían planeado y elaborado: un Decreto-Ley (Orden Ministerial) de hacer controlar, entonces las hemodonaciones y los bancos de sangre. Una ley que les serviría de coartada ante la opinión pública, y sobretodo ante la Justicia, al dictarla con fecha posterior al posible delito. A pesar de todo, calcularon mal lo de acabar con los hemoderivados en 1.985, y esa Ley no la hicieron efectiva hasta 1.987, cuando los acabaron de “colocar”. Entonces es cuando mandaron testar las donaciones. (antes no lo hicieron porque las encarecerían en ¡500 ptas.!). Dos años más tarde que todos los países europeos, y un año más tarde que las comunidades catalana y vasca.

Una verdadera trama político-sanitaria, bien urdida y ejecutada. Un entramado de corrupciones y prevaricaciones, y un gran delito contra la salud pública. Un delito que va a quedar impune por ser quienes son sus responsables.

Y de ello está bien seguro el Dr. Quintana Molina (al cual considero uno de los máximos responsables - o el que más - del contagio de Hepatitis C de mis hijos), ya que cuando supo que un grupo en Cádiz y otro en Madrid denunciamos el caso en los juzgados, le dijo textualmente a una madre que aún llevaba a su hijo a su consulta: “Ya pueden ustedes denunciarnos y hacer lo que quieran, que nunca van a meter a un médico en la cárcel.” Y tenía razón no sólo en eso, sino que además ni siquiera los molestan.

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La otra odisea

Cuando fallecieron mis hijos, quedé totalmente destrozada, con la mente flotando como en una nube; perpleja, y aún sin entender cómo se habían podido ir de mis manos mis hijos. Sobreviviendo en un mundo diferente al que estaba acostumbrada. En una casa antes llena con sus presencias y sus vivencias, y ahora vacía, y muerta como ellos.

Así fueron transcurriendo los días, los meses, e incluso un año, de un vivir monótono, insulso y sin ningún sentido. Con mi única salida de todas las tardes para ir a visitar sus tumbas. Días y días de llantos incontrolables, y en los que no había uno, que no me preguntase porque le tuvo que pasar a mis hijos. Qué pecado habían podido cometer para merecer la muerte; y además de esa forma tan horrible. Unas criaturas que eran angelicales, siempre dispuestos a ayudar a los demás, que sólo vivían por y para sus estudios, para ser luego útiles en la sociedad.

Francisco Javier estudiaba Empresariales y quería hacer luego Económicas; y José Antonio Enfermería, alternándola con Medicina.

Cuando comprobamos que las muertes de mis hijos, no había sido por accidente, ni por haber tenido "mala suerte", como decían a veces, (aún desconociamos lo de la Hepatitis C), nos pusimos en contacto con un grupo de afectados y familiares de Cádiz. Su portavoz nos dijo que un abogado les estaba preparando una denuncia penal, y nos preguntó si queríamos unirnos a ellos. El se lo diría al abogado por teléfono, y le mandaría los documentos que entonces poseíamos, porque dijo que dentro de poco lo quería presentar en Cádiz. Fue un grave error de nuestra parte, ya que se hizo de forma precipitada, sin pensarlo bien, y sin haber tenido una entrevista previa con el abogado, que al mes siguiente vino a a presentar la denuncia en el Jugado de Cádiz, en diciembre de 1.996. El caso de mis hijos; era para haberlo preparado mucho mejor, de como fue llevado al Juzgado. Ya que se presentó una denuncia colectiva, con nueve casos englobados en ella; cuando debieron ser nueve denuncias (una de cada caso) por la misma causa. Además (y eso nos perjudicó también) ya dos de esos casos tenían sentencias de sobreseimiento, por denuncias anteriores.

Nuestra denuncia colectiva, recayó en el Juzgado de Instrucción nº 3, y pasó por las manos de tres jueces. La tercera juez – ya titular hasta ahora – dictó el el auto final de sobreseimiento, en octubre de 1.999. Tres años después de que la denuncia fuera presentada, y basando su sentencia solamente, en el informe médico-forense, y en el del jefe de Hematología. Informe éste, de absurdas explicaciones contradictorias; que nadie, por mucho que lo intente; puede entenderlo como aclaratorio. Nadie, excepto al Sra. Juez, que si no lo entendió, lo aceptó sin más.

Para que puedan juzgar por sí mismos, y para no cansar con la lectura del listado de los nueve afectados, tal cual aparecen en el informe forense; pongo como ejemplo, uno de ellos. Ya que todos están igualmente reflejados; excepto en sus fechas de diagnósticos; que sí las pongo.

Extractos comentados del Informe Médico-Forense

De principio, plantea el escudo de protección de sus compañeros médicos (la Resolución del Ministerio de Sanidad de 1.985, y la Orden Ministerial de 1.987, que yo califico como coartada). Luego clasifica los informes hospitalarios en tres grupos: documentos A, B y C. Los documentos A son los emitidos por el Servicio de Hematología para el recibo de ayudas sociales que a finales de 1.993 empezó a darles el Estado a todos los infectados. Los documentos B son informes emitidos por Hematología para acciones judiciales, en 1.996. Los C son documentos emitidos por Medicina Interna que indican cuando empezaron cada uno a ir a sus consultas.

En todos los documentos A, afirman en cada paciente la fecha en que “ya está” infectado. Sin embargo, en los B (emitidos tres años después), el mismo paciente ya “no está” sino que “fue diagnosticado”. Porque los A, en principio no les perjudicaban al ser para las ayudas sociales, pero los B sí podrían serlo, al ser para los juzgados.

Afectado (...) (ejemplo)

Documento A. “Está infectado” por el VIH en marzo de 1.984.

Documento B.Con fecha de 1.984 “fue diagnosticado” por primera vez de seropositividad anti VIH.

Con fechas de 1.984; hay otro afectado exactamente igual, al del ejemplo. “Está” diagnosticado en el Documento A; y “fue” en el Documento B.

Con fecha de 1.985; “están” diagnosticados en el Documento A; tres afectados. Sin embargo en los Documentos B; uno “fue diagnosticado” en 1.987. Otro en 1.988. Y otro en 1.989.

Con fecha de 1.986; “está” y “fue” (Documentos A y B) otro afectado.

Con fecha de 1.990 “están” y “fueron” diagnosticados, dos afectados.

Uno de ellos, consiguió años después; un informe suyo, que aparecía como “ya” infectado en 1.984.

Con esta afirmación de “está infectado” en los documentos A; demuestran que en 1.984; ya tenían medios para detectar el VIH, y no en 1.987, como dicen.

Luego de algunas consideraciones médicas y generales sobre el virus, dice textualmente: “Lo que parece deducirse de los documentos obrantes en autos es que no todas las determinaciones de los afectados se realizaron en el año 1.987, ya que en ellos aparecen diversas fechas de diagnósticos de seropositividad, a veces incluso para el mismo paciente, dependiendo de la “finalidad de la certificación.” Luego lo minimiza diciendo: “Entendemos que dichas certificaciones fueron emitidas a petición de los pacientes, para dejar constancia del contagio a través de hemoderivados, y que éste era el dato de interés, y no tanto la fecha de diagnóstico.” (?) Después de hacerse varias preguntas extrañándose sobre fechas tan diferentes, y sobre las que aparecen de antes de 1.987, dice: “Es difícil casar estas fechas tan dispares y en algunos casos tan poco consistentes con el proceso, que supuestamente debería haber sido más homogéneo.” Efectivamente.

(En el Hospital de La Paz fueron más “listos” y les ponen a todos que "se les detectó" en 1.985, en todos los documentos.)

Luego de plantear otra vez lo de la Orden Ministerial de 1.985, y que en Cádiz “no tuvieron medios hasta 1.987”, se hace otra pregunta: ¿cómo por el contrario en otros casos se demora dicho diagnóstico hasta 1.990?

Y finalmente la forense hace esta pregunta en mayúsculas: “¿EXISTIÓ UN PERIODO DE TIEMPO DE DESCONOCIMIENTO DE DIAGNÓSTICO POR PARTE DE LOS PACIENTES?” Pero vuelve a minimizarlo diciendo: “que pudo ser incluso dependiente de los propios afectados”. (?)

Encima deja entrever, que los afectados fueron los culpables de no ser informados.

El Informe del Jefe de Hematología y sus contradicciones

Las contradicciones se encuentran al final de este informe.

Después de resolver el caso de mis hijos tan injustamente, al no practicar las pruebas que le pedíamos; (sobre todo, la que sí podría haber aclarado, si mentían o no al juzgado. Haber ordenado que le entregaran los historiales clínicos, en los que debían estar las analíticas que les hicieron antes de "la Orden Ministerial" y de "haber tenido medios", de 1.981 a 1.987) la Jueza; no se pudo hacer ni idea del calvario al que también me condenó a mí. Porque su sentencia arrastra, y dificulta a todas las demás, ya que al igual que el corporativismo médico (en que todos se tapan unos a otros), vaya a donde vaya nuestra denuncia, los demás jueces no intentan siquiera averiguar si estuvo o no bien instruida y, como sería su obligación, corregirlo. (Aparte de que habrá órdenes de no mover nada de esto, y lo archivan sin más).

Los ciudadanos normales estamos totalmente indefensos, ante la Justicia en este país. Un país, que los políticos de turno dicen: que es un Estado Democrático y de Derecho. Derecho, ¿de quiénes?

Cuando ya tenía resuelto nuestro caso, tuvimos todo el grupo una entrevista con la jueza. En la que en resumen; nos dijo que ella no había visto intencionalidad penal, en las actuaciones médicas. Y que nos aconsejaba la vía civil; en que sí estarían encuadradas dichas responsabilidades.

Al enterarnos de que la jueza no pedía los historiales clínicos, intentamos que nos los dieran recurriendo a estamentos oficiales y sociales para que nos aypudasen, pero en vano. Los Defensores del Pueblo (?) andaluz y nacional, políticos del PP que en la oposición criticaban la política del PSOE en materia de Sanidad, y luego lo olvidaron. Cartas enviadas a Aznar, Casa Real, Reina en particular, a la hermana del rey Margarita, presidenta de honor de la Federación Española de Hemofilia (en la cual se escudaron sus directivos, que también silenciaron los contagios, y que además expulsaron como socios a los que denunciábamos). Al coordinador entonces de IU Julio Anguita, que contestó diciendo que desgraciadamente era un grupo minoritario para poder plantear nuestro caso en el Congreso. Y luego al poco tiempo, sí lo hicieron para defender los derechos de los homosexuales (más votos que nosotros), en fin, para qué seguir. Porque incluso recogimos 5.000 firmas y se las mandamos al entonces Ministro de Sanidad del PP, Romay Baccaría, para que nos recibiera a una comisión, explicarle el tema, y que ordenase a los hospitales que nos dieran los historiales clínicos. 5.000 firmas que tirarían a la basura. Ver noticia de prensa

Al final, y por la intervención de una doctora que luchó bastante en aquellos años por esta causa, nos dieron, lo que decían que existía de los historiales en 1.999. Papeles de informes sin relevancia, inservibles, sobrecalcados, repetidos, y donde faltaban los años claves de las infecciones; del 1.980 al 1.990. Y que luego dirían que ya no existían, porque eran “antiguos” y no se guardaban de tantos años atrás. Sin embargo, sí había de los años 76 al 80 (?). ¿Si existían estos, no iban a tener de los años siguientes? ¿por qué no entregaron esos años? ¿los comprometían por sus actuaciones? A pesar de la criba, se les escapó algunos que demuestran claramente sus culpabilidades. Al igual que los informes que mandaron al juzgado. Y sobretodo, de los que nos dieron del 90 al 95, que sí que los compromete totalmente del contagio de la Hepatitis C.

Si en esta gran masacre hubiese existido esa unión necesaria para poder hacernos fuertes por cantidad, como ocurre en otros casos de víctimas por otras causas, quizá hubiésemos conseguido sacar a flote la pobredumbre habida en el caso de los hemofílicos. Y quizás también podríamos haber logrado que castigaran, aunque fuera de forma leve a sus culpas, a alguno de los causantes de este genocidio. Como ocurrió en Francia. Pero esa desunión se ocupó - y bien - de fomentarla la propia Asociación Española de Hemofilia, que como dije antes, también ocultó a sus socios; primero el peligro, y luego los contagios. Y después disuadieron a algunos grupos que querían denunciarlo en los Tribunales, metiéndoles el miedo de lo antisocial de la enfermedad, diciéndoles que los iban a echar de los trabajos e iban a ser rechazados por la sociedad. Miedo que los obligó a hacer un pacto de silencio, y morir de igual forma. Y también por la golosina del maldito dinero. De esa manera no se enemistaban sus dirigentes con la Administración, el colectivo médico, ni con los laboratorios que los subvencionaban, y así poder seguir mamoneando con todos ellos, cobrando sus espléndidos sueldos, y disfrutando de magníficas vacaciones gratuitas con sus esposas, en las innumerables reuniones y congresos que organizan, tanto en distintas ciudades de España como en el extranjero. A costa de tantos sufrimientos y muertes de sus asociados hemofílicos.

A pesar de que recibían subvenciones de laboratorios y otras Entidades para ayudar a los hemofílicos; en varias ocasiones de las muchas que no teníamos ni para llevarlos a La Paz, le solicité al entonces Secretario y luego Vicepresidente ayuda para ello. Incluso como préstamo.

Me las negó en todas ellas, diciéndome que ellos no tenían una varita mágica para ayudar a todos.

Y mientras esa prioridad presente, se les negaba a mis hijos, y a otros como ellos, para que además de estar pasándolo mal físicamente, no les ocurriera lo mismo económicamente, se estaban gastando (me enteré luego de muertos mis hijos) 70 millones de pesetas en la construcción de un complejo residencial en Totana (Murcia), Urb. La Charca.

Decían que era para conferencias, talleres, y convivencias en formación de jóvenes hemofílicos. ¿De qué les sirvió La Charca a mis hijos y a otros, que enfermaron y fallecieron mientras la construían?

Además de ello; el día en que falleció mi Fco. Javier, y a pesar de que todos lo sabían por los médicos que ocurriría ese día, no hubo ni uno siquiera que apareciera ni después del óbito. A pesar que ocurrió en hora bastante temprana. Al menos para preguntar si podrían ayudarnos a gestionar el traslado, o algo así. Porque sabían que estábamos los tres sólos, en unos momentos confusos y muy difíciles, y en una ciudad que no era la nuestra.

Y ahora que también oimos hablar tanto de ayudas sicológicas que prestan enseguida a los familiares de accidentes y víctimas de terrorismo; tampoco acudieron ninguno del grupo de sicólogos en plantilla de Hemofilia, a consolarnos en esos tristes momentos. Ni siquiera su Jefa Pilar Arranz, que tantas veces decía que apreciaba mucho a mis hijos. Y que además sabía que estaba allí mi hijo José Antonio, que también esperaba su muerte.

Ni ese día, ni al día siguiente que estuvimos allí hasta las 11 de la mañana en que iniciamos el traslado de su cuerpo a Cádiz. Y que ya estaban todos en sus puestos de trabajo.

Una total falta de sensibilidad de todos, a pesar de cobrar para ello. Les remorderían la conciencia.

Los médicos nos entregaron el cuerpo de Fco. Javier, y adiós muy buenas. Apañárosla como podais.

Después de romper con el abogado que llevó nuestro caso en Cádiz, no me quise resignar aún a que mis hijos quedaran sin justicia. La justicia que pedía José Antonio en su carta. Al menos debía seguir intentándolo. Y nos pusimos en contacto con varios abogados, algunos de bastante prestigio. Todos coincidían en que este caso por lo penal era tabú en los tribunales, que con mucho gusto lo llevarían por lo civil. Pero ese no era el gusto nuestro. Llamamos entonces a un abogado de Ciudad Real que llevaba algunos casos de hemofílicos, el cual se mostró dispuesto a llevar nuestro asunto por la vía penal. Dijo que le enviásemos la documentación para estudiarla y así lo hicimos. Varios meses después tuvimos una entrevista con él, en la cual nos dijo que lo de nuestros hijos había sido un asesinato, con premeditación y alevosía. Y que iba a tratarlo y a llevarlo como cosa personal, y con mucho cariño. (?) Casi tres años estuvo engañándonos con promesas; y hasta empeño su palabra de honor, (?) de que estaba en ello. Burlándose vilmente de la pena de unos padres que habían perdido lo más valioso de sus vidas; con tal de conseguir lo único que pretendió desde el principio. Los datos que podían servirle de nuestra documentación, para sus otros clientes. Tres años importantísimos para el tema judicial, que nos hizo perder canallescamente y que pudo acortar fácilmente mucho antes, diciéndonos que no podía hacer nada. Lo tendríamos que haber denunciado, pero habríamos de encontrar a otro abogado, que quisiera ir contra un compañero. Y estábamos tan cansados y desmoralizados por sólo haber encontrado en nuestro triste camino, tantos engaños y maldades, que ya íbamos a abandonarlo todo. Pensando en hacer justicia de otra forma menos legal, (pero mas justa) que la que habíamos tenido hasta entonces.

En nuestras visitas diarias a la tumba de mis hijos, nos encontramos un día, con un señor al que le habían matado también un hijo, pero en un atraco en su puesto de trabajo. Hablando con él de lo que nos había ocurrido hasta entonces, nos dio el número de teléfono del abogado que llevaba sus denuncias, presidente de una asociación de víctimas, para que hablásemos con él. Así lo hicimos, y le mandamos la documentación para estudiarla. Poco tiempo después volvimos a llamarlo; concertamos una entrevista, en la cual observamos que parecía muy sensibilizado con las víctimas en general, y por lo de mis hijos en particular, y nos habló de lo difícil que era nuestro caso, pero que aún había un camino a seguir: el de la verdadera causa de la muerte de mis hijos, la hepatitis C. No nos dio falsas esperanzas, porque dijo lo que ya desgraciadamente sabíamos; que dependía de que nuestra denuncia cayera en manos de un juez que, además de justo, fuera valiente. Que las posibilidades eran casi nulas, y que lo pensásemos bien. Porque si la querella salía adelante, sería además un camino largo y costoso.

Tardamos en contestarle casi dos meses, ya que había que escoger entre la sensatez injusta de abandonarlo todo, y el riesgo a perder no sólo a nuestros hijos, sino también los ahorros que teníamos para poder mejorar la vejez de total soledad que nos esperaba. Soledad a la que nos han condenado los que mataron a mis hijos. (Y eso tampoco lo ven los jueces). Y pudo más ese rayo de esperanza que se abría aún, que el desengaño doloroso que con toda seguridad vamos a encontrarnos al final. Resueltas nuestras dudas de esa forma, y aunque nuestro final fuese dormir entre cartones, decidimos arriesgarnos, y que nuestro actual abogado preparase la denuncia.

Denuncia que fue presentada en febrero de este año 2005, como Querella Criminal por Homicidio contra los más directos autores de las muertes de mis hijos. Veremos (si nos da tiempo a ello) como acaba ésta. Por lo pronto, y sin tiempo material para ser leída, ni mucho menos estudiada, ya le colocaron el calificativo de “imprudente” (?) en la aceptación para las diligencias previas.

¿Cómo puede ser catalogado como imprudente; estar contagiando un virus mortal durante años; sabiendo que estaban haciéndolo así; con el agravante de tener los medios para poder evitarlo?

Esto ya me da que pensar, de que la injusticia va a seguir prevaleciendo. Ya contaré como termina todo ésto.

Si este último intento de que hagan justicia a mis hijos también fracasara, al menos podremos decirles en sus tumbas que lo hemos intentado hasta el final, pero no hemos podido conseguirlo porque no hay una verdadera justicia. Y dirigiéndonos en concreto a José Antonio, decirle: hijo mío, ese maravilloso mundo que tu veías por tus limpios y juveniles ojos cuando escribiste tu diario personal, en el cual también le pedías a ese Dios en quien creías (y que no te escuchó) que una mente lúcida encontrase un medicamento contra el Sida, porque ¡querías vivir!; ese mundo no es más que un gran estercolero de perversidades, egoísmos sin límites e injusticias totales. Y por eso esa justicia que pedías en tu carta no hemos podido hacerla realidad.

Al menos así, estaremos en paz con nuestras conciencias y con sus memorias. Nunca consentiré que ningún juez le ponga precio a las vidas y al sufrimiento de mis hijos. Para ellos su maldito dinero. Porque ni mis hijos, ni casi el 75% de los hemofílicos que eran también jóvenes como ellos; querían morir para que sus padres y sus hermanos, vivieran mejor, a costa de sus vidas.

Extracto del diario personal de José Antonio.

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Últimas noticias

En el relato de historia, La Otra Odisea, denuncio que en la aceptación de la Querella por Homicidio en el Juzgado; que sin tiempo para ser leída ni estudiada, le pusieron el calificativo de imprudente.

Naturalmente, aún no podía haber sido estudiada, pero si vieron quienes eran los querellados. Y por ser quienes son, ningún juez quiere poderse creer, que éstos puedan cometer otra clase de delito que no sean los imprudentes. Ni que sus actuaciones, sean deliberadas.

Yo entiendo, que una imprudencia la puede cometer cualquier médico, en hechos puntuales con algún que otro paciente, por desidia del momento ó momentos, por falta de experiencia, o por egolatría de creerse saberlo todo.

Pero lo que estamos denunciando, va mucho más allá de una simple imprudencia.

Denunciamos unos hechos delictivos cometidos durante años. Porque contagiar, y continuar luego reinfectando día a día, mes a mes, y año tras año con un virus de muerte; a mis hijos, (y a otros muchos) en silencio, sabiendo que los factores sanguíneos que estaban poniendo estaban, o podían estar contaminados, traicionando la confianza puesta en ellos por sus pacientes, y sin darles por esa ocultación, opción alguna a poder escoger si se querían poner o no dichos factores. Porque nadie puede creerse, que si lo hubiesen sabido, seguro que ninguno de ellos hubiese consentido ponérselos para morirse.

Y esto, creo que ya no puede ser considerado como una imprudencia. Es un delito mucho más grave. Debería ser considerado, Homicidio Doloso.

Y en el caso de mis hijos, hasta con tres agravantes.

Uno, que fueron contagiados después de una Orden Ministerial dictada en octubre de 1990, que ya obligaba la detección en los productos sanguíneos, del virus de la hepatitis C.

Otro, que además fueron contagiados en años diferentes. Uno en 1992, y el otro en 1994. Y es que ni siquiera viendo en las analíticas que les hacían mensualmente, no se extremó precaución alguna para después de infectar a uno, tratar de no infectar luego al otro, dos años después.

Y tercero, que por la misma ocultación, tampoco les suministraron ningún medicamento, para tratar de retardar lo más posible, el deterioro interior que les estaba produciendo el virus en sus organismos.

Visto el caso, por la Sra. Jueza como homicidio imprudente, y según los artículos que gravan esa clase de delito, su veredicto fue: Archivo por prescripción.

Se presentó recurso de apelación, con la petición de que se completaran las diligencias por nosotros pedidas en la querella.

Su segundo auto fue: ratificarse en el anterior.

Presentamos recurso a la Audiencia Provincial. Y aunque no lo esperábamos, recibimos la grata noticia de que sí contemplan, que varios hechos que denunciamos, son lo bastante graves, para que deban ser objeto de una mayor actividad probatoria.

Y por ello, trasladan de nuevo el caso al Juzgado de Instrucción, para que se completen las investigaciones.

A ver si ahora podamos tener la suerte, de que una vez que se investiguen a fondo las diligencias no ejecutadas anteriormente, demuestren que (como sabemos) las muertes de mis hijos, no fueron consecuencia de simples imprudencias. Y por ello, que se haga justicia. La que se merecen al menos mis hijos. Y que a mi me de la paz interior que necesito, para poder sobrellevar el calvario al que también me condenaron los que me los mataron.

Ojalá lo pueda ver así, algún día.