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Cómo los infectaron

Aún no sé cómo he podido relatar, algunos de los muchos recuerdos felices, que mis hijos me regalaron en sus vidas; sin poder evitar tener mis ojos convertidos en un mar de lágrimas.

Porque a la vez, tampoco, puedo evitar estar acordándome, y maldecir constantemente, a esos canallas que me los quitaron; pudiendo haberlo evitado.

Me siento muy mal, y estoy perdida en este mundo. No me concentro y no me hallo sin mis hijos. No sé vivir esa impotencia que día a día me está consumiendo, por esa justicia que nunca llega. Y todavía más, porque sé que ese crimen se va a quedar impune.

La hemofilia que tenían mis hijos era leve y si los hematólogos en La Paz y en Cádiz hubieran tenido un poco de humanidad y los hubiesen tratado con desmopresina, o factor porcino, (que eran otra alternativa) mis hijos estarían vivos.

Pero no tuvieron conciencia, y siguieron reinfectándolos hasta el año 87, sabiendo que los hemoderivados estaban contaminados. Tenía tanta confianza en ellos que nunca les pedía analíticas ni nada. Siempre pensaba que la profesión médica debía ser ayudar a las personas, y no convertirse en los verdugos de los hemofílicos porque el ministro se lo mandara.

Ya desde el año 83 todos los hospitales de la seguridad social contaban con los reactivos para detectar ese maldito virus, y no lo hicieron, porque el ministro no quiso retirar ese veneno de los hospitales porque eran muchos millones, y eso no lo podían hacer. Pero lo peor de todo esto es que los médicos tenían la obligación de haberme dicho que estaba ocurriendo, porque mis hijos eran pequeños, y así no me los hubieran envenenado. Pero no tuvieron conciencia y guardaron silencio.

Ni los propios médicos se pueden hacer una pequeña idea de lo que es el sufrimiento del día a día de estas personas, hasta que se van a la tumba. Tengo grabada en mi mente de tal manera los ojitos tristes de mis hijos, su apatía y dejadez, cuando los veía entrar por la cancela de la casa, con esos hombros caídos, cuando hasta el 91 entraban corriendo y alegres de la facultad...

Desde muy pequeñines, aceptaron sin muchas rabietas, ir a los colegios.

Recuerdo que cuando empecé a llevar a José Antonio al parvulario de las monjas; como iba con los dos; Javier siempre lloraba, porque quería quedarse con su hermano. El nono (como le decía).

Un día la monja que recibía a los niños en la puerta, llamada Hermana De la O (que buena persona era) me dijo que se lo dejara allí, que ella lo sentaría en una sillita junto a José Antonio; y que estaría pendiente de él.

Así lo hice, y ya nunca quiso volverse conmigo a casa.

Muchas veces, me decía en broma la Hermana de la O. ¡qué malo es Javier, me tiene revuelta, toda la clase!

Luego con 4 y 3 años, pasaron al Liceo de las Carmelitas. Allí fueron creciendo, haciéndose mayores; hasta terminar la Selectividad. Eran muy queridos por los profesores. Porque además de aplicados, eran muy listos. Sacaban muchas notas sobresalientes; sobretodo Javier en Matemáticas. Además dibujaba muy bien; y era el encargado junto a otros de hacer los dibujos y pinturas, para decorar los belenes de las clases por Navidad.

Cuando llegaban de clase de pequeños, me llevaba horas viendo sus juegos, con tantas gracias como tenían, que no creo que haya habido una madre más feliz que yo entonces.

Se sentaban en un columpio que tenían en el patio, y se ponían a cantar los dos, hartándome de reir escuchándolos. Y mi vecina Encarna me decía: mira Carmen, aquí estamos mi marido y yo embobados escuchando a tus hijos ¡qué gracia tienen los dos!

Eran además muy listos en el colegio, siempre sacaban buenas notas, y Javier sobretodo en Matemáticas, siempre sobresaliente. Ya de mayores, con lo poquito que ahorraban, siempre nos hacían un regalo el día de reyes. Su padre y yo nos levantábamos temprano a ver que sorpresa nos habían preparado. Esa noche se acostaban después que nosotros. Un día que se celebraba el día de la madre, mi hijo José Antonio, que por la noche estuvo de ronda con la tuna, y ya era más de la nueve de la mañana, y aún no había llegado a su casa; asustada le dije a su padre que fuese a buscarlo a Cádiz, no fuera que le hubiese pasado algún accidente, y no lo encontró en los sitios donde habitualmente se movía. Y ya eran más de las diez y media cuando entró por la puerta de casa con un ramo de rosas rojas y me dijo: mamá, cuando terminé con la ronda de la tuna eran las 8 de la mañana, así que me fuí a la puerta de la floristería y me quedé en el coche hasta que abrió. Porque si vengo a casa y me acuesto, ya no me hubiera levantado a tiempo. Y quedé con Javier en comprártelas.

Nunca se me olvidará ese gran detalle de cariño de mis hijos.

Mi Javier, lo primero que hacía al entrar era saludar a su perro Kaiser que estaba cerca de la entrada, en su jaula, y luego nos sentábamos a la mesa a charlar de todo. Eran unas personas que me enseñaron tantas cosas que yo por no tener estudios ignoraba... Mi Javier estudiaba Empresariales, y me explicaba cosas de lo que yo escuchaba a los políticos y no entendía. José Antonio estudiaba Medicina y siempre venía contando de los hospitales en los que hacía sus prácticas, en las que cuando estuvo algunos días en la sala en la que estaban los contagiados de sida, me decía que le daba mucho pena de ellos porque además se encontraban sólos, porque sus familias no iban a verlos. Y que él cuando tenía algún rato libre se iba a charlar con ellos.

A veces me decía: mamá, los pobres ya no tienen ninguna esperanza de vida. Y en esa fecha no sabía que él también estaba contagiado. Así era de humanitario. Y ojalá nunca se hubiera enterado. Nunca, nunca.

Mi José Antonio era solista en la Tuna de Medicina de Cádiz. Cantaba maravillosamente y tocaba tanto la guitarra como la bandurria. Todo lo fue dejando poco a poco cuando se enteró de lo que tenía encima. Y se fue convirtiendo en una persona solitaria que no hablaba con nadie, cuando antes siempre se reía por nada le gastaba bromas a su padre continuamente. Todo esto no tiene nombre.

Y puedo seguir contando tantas cosas buenas de ellos, que no acabaría nunca. Va pasando el tiempo denunciándolo en los tribunales para ver un poco de justicia, y que esos malnacidos vayan a la cárcel como lo que son, unos delincuentes de la medicina, que están ejerciendo tan tranquilos y sin ningún remordimiento entre tanta tragedia humana como han provocado. Los jueces sólo creen en ellos y ni siquiera nos dan la oportunidad de escucharnos, ni mirar los documentos ni las analíticias firmadas por ellos mismos. Sólo quisieron hacerles la justicia del dinero. Como si las vidas de mis hijos se pudiera pagar. Nunca aceptaré que ningún juez le ponga precio a la vida y el sufrimiento de mis muchachos. No sé hasta cuando podré seguir con esta impotencia que tengo, que día a día me va consumiendo. Siempre con pastillas y con siquiatra.

La Capilla

Vamos diariamente al cementerio donde los tengo en una capilla, y esa es mi vida. A veces estoy de madrugada en el sofá, y cuando escucho algún ruido o alguna puerta que se mueve con el viento, creo que voy a verlos entrar. No me hago aún a la idea de que no los veré nunca más, ni tocarlos, ni besarlos. Ya hace diez años que no los tengo a los dos, y aún me parece imposible todo esto. ¡No sé vivir sin ellos! Creo que sólo me tiene viva la esperanza de que aún les hagan justicia algún día. Salieron de casa para no volver más a ella, y por una maldita coincidencia además en sus destinos: hasta el mismo día del mes, un 18, con sólo catorce meses de intervalo entre uno y otro. Dejándonos en ella a quienes por ley de vida tendríamos que haber salido antes.

Muchas veces pienso también que esos malnacidos que me mataron a mis hijos, sí pueden disfrutar de tener o visitar a sus hijos y a sus nietos, mientras yo sólo puedo visitar las tumbas de los míos. ¡Eso no es justo!

Van pasando los años, y voy viendo con sana envidia, pero con gran tristeza, como se van casando mis sobrinos, menores en edad que ellos, como van naciendo sus hijos, y siempre me pregunto lo mismo: ¿por qué ellos no? ¿por qué no han podido hacerlo también ellos? Haber tenido sus propios hijos, y yo unos nietos, que me hubiesen hecho la más feliz de las abuelas. Y eso también me lo han robado. Y eso los jueces tampoco lo ven. ¿Y si les hubiese pasado a ellos? ¿Quedaría ésto como hasta ahora; como si no hubiese ocurrido nada?

FUISTEIS EL AMOR DE MI VIDA Y EL MÁS DESEADO LA DICHA MÁS COMPLETA QUE PADRES HAN SOÑADO. SUFRIMOS EN SILENCIO CON DOLOR VUESTRO CALVARIO. OS QUITARON LA VIDA Y EN MI TRISTE SOLEDAD EN VANO OS SIGO BUSCANDO.

Aquí me los han metido; los que por sus egoismos personales; y total carencia de conciencia humana; han sido causantes de sus muertes.